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Crecemos juntos

Cuando tienes un hijo, una hija, tienes la intensión de que crezca. Antes de que nacieran tenías unas ideas... que una vez nacen se confirman... ¿o no?   ¿Crecemos junto con los hijos e hijas q....

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Una "torta a tiempo" es una victoria
 

"Es necesario educar, para no castigar."

Como a un mueble PDF Imprimir Correo electrónico
  • Es que me trata como a un mueble -me dijo casi llorando- y ya no permitió que le hiciera mimos que en otras circunstancias hubiera permitido.


Esta frase podría haber estado en cualquier consulta dónde una mujer cuenta una situación de violencia intrafamiliar. Y ciertamente es violencia intrafamiliar, solo que contra una persona menor de 18 años. Parece que por tener 10 u once tienes menos derechos que si tienes 19 o 20.


Suelo decir que los niños son pequeños, que carecen de la experiencia que da la edad, y que no me parece adecuado subestimar su capacidad intelectual. Tratar de ocultar lo que están viendo y sintiendo tiene dos consecuencias básicas: la primera confundirles, y la segunda, si no se diera la primera, pensar que los adultos y adultas han perdido la cordura. No sé cuál de las dos es más peliaguda.


La situación se dio con un trato entre una persona de 50 años y otra de 11. La primera olvidó cumplir su parte y además se reía de la reacción de la segunda. En ese momento me acerqué y la chica comenzó a llorar abrazada a mi. Yo la acariciaba y escuchaba mientras la mayor observaba y decía que no quería que se produjera eso. Y lo cierto es que la creo, ella creció con ese miramiento, de mueble según la chica, y no tiene otros recursos para actuar en la situación. Finalmente ninguna de las dos usó el aparato objeto del trato mencionado. Y la chica decidió que nunca más haría tratos de turnos de cosas, porque ya no confía en que se cumplan. La mayor dudo que algún día llegue a saber que está perdiendo la confianza de la pequeña, porque no quiere o no puede ver más allá.


Conversando con la persona de once años acerca de lo que había sentido, comentaba que no podía hacer nada. Yo le preguntaba si estaba segura puesto que existen más electrodomésticos usables y en última instancia valorar cuánto importa un electrodoméstico y cuánto una persona. Y ella insistía en que el problema no radicaba en el aparato en sí, sino en el trato recibido: “me trató como un mueble”. Le pregunté acerca de las compañeras y compañeros con su misma edad y respondió que salvo ella, todas hablan de que no las escuchan y que tienen dos opciones: obedecer o ser castigadas. Que sólo existen para obedecer.


Nuestro debate continuó hasta hablar del holocausto y los campos de concentración. Y la historia de Viktor Frankl que consiguió no sólo sobrevivir a todo el horror, sino crear con esa experiencia una terapia centrada en la persona. Hablamos de cómo juntas decidimos qué hacer con las cosas en casa y como yo le hago preguntas que le ayudan a comprender lo que aún por edad y experiencia no entiende. Nos dimos un abrazo lleno de ternura.


Me resulta triste explicar a tan corta edad la discriminación por edad. Esto no se hace porque hayan cometido un delito sino porque carecen de experiencia. Y por otra parte me alegro de hablar con ella de las emociones. La persona de cincuenta no tiene tiempo ni ganas de conocerlas, aunque vive en ellas. Culpará al destino por perder la confianza de la pequeña, o bien culpará a la juventud que no sabe respetar a los mayores. Desde hace más de cuatro mil años, es más fácil echar la culpa a la juventud sin pensar que cuando apuntas con un dedo, siempre hay tres que apuntan a uno mismo.

La posición de víctima de las circunstancias es la más cómoda, casi desde que la humanidad es humanidad. De hecho mientras hablaba con la persona de 11 me decía que estaba muy enfadada. Le parecía que sólo quería darle la razón a la adulta. Hasta que hablamos de la historia de Viktor Frankl y comprendió, aún sin conocer sus libros y su trabajo, que incluso en las peores circunstancias ella puede elegir qué hacer con su emoción y con su pensamiento.

 

Mi parte como adulta es estar a su lado, y mostrarle lo que no conoce. No es juzgarla por no tener un conocimiento al que aún no ha accedido. Respetar el momento de enfado, no sólo en esta situación sino en todas. Y esperar al momento adecuado, cuando la calma ha vuelto y el cerebro puede acceder a toda la energía de su pensamiento.

 

Teresa García.

Psicóloga clínica.

 

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