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Today: Mayo 28, 2016

Agenda

Crecemos juntos

Cuando tienes un hijo, una hija, tienes la intensión de que crezca. Antes de que nacieran tenías unas ideas... que una vez nacen se confirman... ¿o no?   ¿Crecemos junto con los hijos e hijas q....

Próximo taller on line

El próximo taller virtual para padres y madres está operativo el día 25 de diciembre de 2011. Este es el lugar indicado, el lugar dónde encontrar la dirección armónica en la relación con tus hi....

Encuesta

Una "torta a tiempo" es una victoria
 

"Los hijos no se castigan para educarlos, se educan para no castigarlos."

Encontrando las 10 diferencias PDF Imprimir Correo electrónico

Una niña de aproximadamente nueve años está al cuidado de un hermano de cinco y una hermana de dos. Eran otros tiempos, año 1963, zona rural, a mas de media hora de cualquier centro de salud. Su madre está plantando millo (maíz) en las tierras de una vecina. Es una costumbre de supervivencia: todos los vecinos se reúnen y plantan la tierra de uno de ellos, y después la de otro.

La niña suele jugar con un primo mayor que ella, le dice algo que a él le molesta mucho y suelen acabar en pelea. Ese día el niño comienza a tirarle piedras y ella se esconde en una cocina techada con planchas. Entra una piedra pequeña entre las planchas y rebota en varias paredes, yendo a parar en la cabeza de la niña, para más señas en la región parietal derecha. Enseguida comienza a sangrar y ella sale corriendo a casa de las vecinas, dado que su madre no está, dejando sólo a sus hermanos. Una vecina trata de pararle la sangre durante un buen rato sin éxito. Finalmente consiguen pararlo con sal, no sé si ese método es realmente bueno, o que simplemente la sangre ya paró... Durante todo el proceso la niña no para de repetir: "tengo que irme, los niños están solos"

La madre mientras siente que algo va mal en casa y se marcha. Por supuesto en aquella época no existía teléfono móvil, así que recibió la sensación en su cuerpo... una de esas cosas inexplicables. Al llegar encuentra a los niños solos y después ya a su hija... Todo quedó en un "simple susto".

Sesenta años más tarde la nieta de esta niña, con nueve años está jugando en el patio de su cole. Ella hace el papel de "bruja mala" y otro niño (amigo de ella) tiene el papel de darle con una bomba (una pelota). El niño tiene aproximadamente dos años menos. Ella está al lado de una farola y la pelota impacta con la farola. La parte superior de la farola no está bien sujeta y cae en la cabeza de la niña. Le hace una herida de aproximadamente cinco milímetros, en la región parietal derecha (cuando abuela y nieta hablan tocan la misma zona exacta de la cabeza), que comienza a sangrar con intensidad. La madre está cerca y la niña abraza a su madre, que la ayuda a calmarse. Le hace un pequeño masaje de reflexoterapia poda y la sangre para. Después la lleva al centro de salud y la situación se salda con dos puntos que serán quitados en diez días.

 

Puede parecer una película, pero es lo que viví con mi hija el viernes pasado. Me he dedicado a encontrar las diferencias, ya que lo igual estaba bastante visible. Me pregunto si el árbol genealógico es realmente tan importante como parece, y si está lo suficientemente estudiado...

 

Teresa García.

 

 
Jugando a la tela de araña PDF Imprimir Correo electrónico

Una madre jugaba con su hija, ambas dibujaban con unas simples reglas:

- Imagina que eres una araña y estás construyendo tu tela bajo una gran lluvia.

La hija dibuja un árbol con muchas hojas, una de ellas enorme que cubre el lugar dónde la araña está haciendo su tela. La lluvia no hace daño alguno a la araña ni a la tela que está haciendo. Además hay unas frutas que atraen a los insectos, que luego quedarán en la tela y se convertirán en el alimento de la araña.

La madre dibuja una gran hoja, suspendida en el aire. La araña está mojándose mientras construye la tela. El agua se acumula en la hoja y cada cierto tiempo la hoja cede y el agua destroza la tela. La araña la vuelve a crear una y otra vez.

 

La madre tiene una historia de ausencias en su infancia. Fue una niña que cuidó de sus hermanos y a la que su madre pocas veces escuchó en profundidad. Temía el momento en que su madre llegara de trabajar, porque sabía que en cuanto llegara encontraría un motivo por el que enfadarse y humillarla. Ella intentaba complacer a su madre pero rara vez lo conseguía. Su padre observaba sin tomar partido o bien tomando partido por la madre y permitiendo el desarrollo del estilo de vida. Ya de adulta ha trabajado mucho sobre su infancia y se siente reconciliada con su pasado.

La niña tiene una vida completamente diferente, puede elegir que hacer y sus padre y madre están pendientes de todas sus necesidades. En ocasiones ha tenido que enfrentar situaciones difíciles, a pesar de su corta edad. Su madre la trae a consulta porque está preocupada por como puede estar viviendo los intensos cambios que ha vivido su familia en los últimos meses.

 

Como conclusión le explico a la madre que su hija se siente feliz y confiada. No parece que la situación haya sido especialmente difícil de llevar para la niña. Sin embargo a la madre si le recomiendo que tenga atención con su pasado porque aunque se siente reconciliada con él, aún tiene la suficiente capacidad para expresarse en una historia cualquiera.

 

Inventar historias es un modo de acceder a las creencias ocultas en nuestro interior, y después decidir que hacer. Si son creencias que apoyan nuestra vida, mantenerlas. Si nos limitan, pues cambiarlas.

 

Teresa García

Psicóloga

 

 

 
Vacuna contra el miedo PDF Imprimir Correo electrónico

 


Decía un sabio que hemos conseguido llegar a la luna, pero aún no conocemos el corazón humano, y en mi opinión estaba muy en lo cierto.


No puedo imaginar un dolor más fuerte que la pérdida de un hijo/hija. Varias madres y padres con nuestros bebés recién nacidos, nos acercamos a comprobar si respiran queriendo evitarlo.

Día a día van creciendo, de forma completamente natural, y nuestro miedo como responsables de su vida puede crecer, estancarse o decrecer, pero rara vez desaparece. Si alguien nos prometiera una seguridad absoluta, supongo que firmaríamos con los ojos cerrados.


Con esa promesa muchos padres vacunan a sus hijos e hijas, confiando que es la mejor protección que pueden darle. Entonces sucede justo lo que no esperaban y después de una de esas vacunas, muere su hijo. Federico es uno de esos padres, que después de sufrirlo ha abierto una causa para que otras personas no encuentren lo que él encontró. En la asociación de afectados por las vacunas puedes encontrar más personas afectadas, algunas por muerte y otras por reacciones muy adversas.


Así las cosas, otros padres deciden informarse acerca de los riesgos beneficios de vacunar, y piden retrasar la vacunación, o hacerlo de forma selectiva. Comparan las incidencia de complicaciones en las enfermedades infantiles con las reacciones adversas graves, y entonces deciden que vacunará sólo de aquellas en las que en su opinión el riesgo/beneficio lo aconseje. No suelen hacerlo sólos sino que hablan con pediatras o médicos acerca del tema.


Otros deciden, después de mirar en el instituto nacional de estadística, que la vacunación se introdujo después que las enfermedades comenzaran a bajar. Y entonces cuestionan la efectividad de la vacuna. Entre estos algunos vacunan y otros no.


Entre toda esta maraña algunos padres pierden a sus hijos justo después de ser vacunados. Como la reacción afecta a 29 niños y niñas (mayo de este año) que lo único que tienen en común es la vacunación, es evidente que algo ha pasado. Después de investigar todo apunta a un error en el manejo, y no a un contaminante dentro de la vacuna. Dos de esos niños mueren y sus padres se preguntarán continuamente si no hubieran vacunado, si no lo hubieran hecho justo ese día… si… si… si…


Pasa un mes y aparece el primer caso de una enfermedad vacunable en 30 años en España. Los medios de comunicación se hacen eco de esta noticia. No así del caso de Federico, también en España, ni de los 29 niños de Méjico. Me pregunto qué hace tan especial este caso, y encuentro que el niño no había recibido vacuna alguna. Sus padres están hundidos, aunque tal vez no tanto como los padres de los dos niños fallecidos en Méjico o Federico que perdió a su propio hijo, ya que para su hijo aún hay esperanza, aún está vivo.


Sin embargo, aunque parezcan diferentes, en realidad son bastante similares estas historias. Son padres preocupados por la salud de sus hijos que han recibido ataques por todas partes. Federico responde así a un médico que no entiende sus reticencias a vacunar ahora. Pero por desgracia no es el único que recibe desacreditaciones, también los padres del niño hospitalizado en este momento las recibe. Poco importa que el primero haya perdido a su hijo por vacunarlo (presuntamente) y que el caso actual tenga a su hijo grave según todos los medios justo por lo contrario.


“¿Poco importa?” En mi opinión justo esto es lo importante y lo que une a todos los padres y madres en general, el deseo de hacer lo mejor para sus hijos y el dolor cuando no lo consiguen. Me gustaría pensar que una persona que decide no usar una vacuna después de conocer casos como el de Luca (fallecido presuntamente por la vacuna) no le culparía por la enfermedad de su propio hijo. Prefiero pensar que entendería el dolor de ese padre al vivirlo en carne propia viendo a su propio hijo sufrir. Para poder hacer eso necesita comprender que los dos tienen en común el haber hecho lo que creyeron lo mejor y no funcionó.



Estos padres tienen más en común que diferente, aunque uno haya vacunado y el otro no. Estoy segura que uno no quería ser el caso raro del que advierte la ficha técnica, y el otro no quería ser el ejemplo de que si no vacunas la enfermedad puede aparecer… Ambos se preguntarán si su hijo estaría mejor de haber tomado otra decisión. Ambos necesitan el bálsamo de saber al cien por cien que hicieron todo lo que podían por sus hijos. Ambos necesitan la comprensión de una sociedad que conoce el dolor de perder a un hijo-hija, o tener un hijo o hija enfermo. Ambos sentirán dolor no sólo por sus hijos e hijas, sino por las condenas de sus semejantes.


Me pregunto si el camino hacia esa integración pasará por admitir que las vacunas no dan el 100% de protección y que incluso los niños vacunados pueden padecer la enfermedad de la que se vacunan. Me pregunto como se sentirá la persona que administró la vacuna a los 29 niños y niñas mejicanas. Me pregunto si además alguno de esos padres le hubiera preguntado acerca de la seguridad de ese acto y le hubiera tranquilizado diciéndole que no existe riesgo…

Me pregunto si su trabajo sería más fácil explicando la ficha técnica del producto y permitiendo que el peso de la responsabilidad lo tengan las personas que cuidan a lo niños y niñas...

 

Al final todas las personas actuamos en base a lo que consideramos lo mejor y por ahora nos falta entrenamiento en aprender cuando no lo conseguimos, porque nuestro entrenamiento está orientado durante toda la vida a castigar los errores, no a aprender de ellos...

 

Teresa García

Psicóloga.



 
Padres y madres sin responsabilidad PDF Imprimir Correo electrónico

Una ley que castiga llega cuando el daño está hecho. Supongo que el objetivo es el aprendizaje por imitación: "veo lo que le pasó a fulanito y entonces decido actuar acorde a lo que se pide". En la teoría parece estupendo y posiblemente en más de un caso funcione, pero desgraciadamente no en todos.

 

Esta época es especialmente complicada para ser madre-padre, nos toca conciliar de alguna forma dos polos opuestos: no es responsabilidad nuestra lo que nuestros hijos hagan cuando sean adultos con el hecho palpable de que lo que los niños reciben en la infancia se manifiesta en su vida adulta. Mis padres no tenían acceso a esta información, así que podían pensar al cien por cien que hacían lo correcto. Lo que me extraña es que personas que sí han tenido acceso piensen como mis padres.

 

Los niños y niñas que reciben todo lo que piden son unos consentidos que jamás sabrán soportar la frustración, por lo tanto se convertirán en unos tiranos. Con esta afirmación hemos crecido en esta cultura y con lo fácil que es desmontarlo, a nadie se le ocurre. Bueno a Alice Miller se le ocurrió, pero es fácil citarla para quedar bien y no pensar en las consecuencias de lo que ella descubrió. Fue relativamente fácil, escogió personas que han sido grandes tiranos y estudió sus infancias. Si la creencia es cierta habrían sido niños a los que nadie les dio un no en su vida. Encontró que la infancia de Hitler no se parecía a la del exceso de mimo con el que parece amenazar nuestra cultura.

Me pregunto cómo habría sido la vida de Hitler si su padre le hubiera dado cariño en lugar de latigazos. Sí, de niño recibió latigazos a manos de su padre, entre otras cosas: ninguna que pueda considerarse un mimo. Cuando leí la historia me pregunté dónde estaba la madre. Podría muy bien haber sido una de esas mujeres dominadas por su marido (hoy en día existe un término para eso, pero no quiero usarlo) que debido a la violencia de ese hombre no pudo proteger a su hijo. Pero lo que encontré fue algo muy diferente, su madre veneraba los hechos de su padre aún después de muerto. ¿Cómo sería si historia si la madre hubiera acompañado el dolor que Adolf sintió de niño? por desgracia no tengo la respuesta a esa pregunta.

Utilizo esta información para ilustrar el hecho que cualquier delincuente nació siendo bebé, que de haberse perdido en una selva y ser criado con lobos olería carne a más de dos kilómetros. No queremos asesinos en nuestra sociedad, y supongo que en ninguna, y sin embargo como madres y padres nos negamos a asumir responsabilidad por nuestro modo de actuar en la crianza.

La creencia del niño consentido habla de responsabilidad, pero sólo si eres consentidor... Admitamos que hoy en día no son admisibles latigazos a los niños (como los que recibió Adolf), pero siguen siendo admisibles las faltas de respeto a un menor, a veces no conscientes del daño que están haciendo. Por ejemplo manteniendo la tendencia a ser más severo con un hijo-hija que con los demás. Hacernos preguntas sencillas como: si en lugar de ser Pepe quién golpeó a Magdalena, hubiera sido Magdalena quién golpeó a Pepe, ¿habría hecho lo mismo? Si en lugar de ser la mayor quién golpeó a la menor hubiera sido lo contrario, ¿sería igual mi respuesta?

Sé que estas preguntas entrañan cierto riesgo, porque propician una respuesta que muestre desigualdad y por lo tanto que estamos equivocados. Y más de una vez, cuando nos las hacemos como padres-madres, y encontramos una respuesta no satisfactoria, nos sentimos culpables y nos autocastigamos en secreto. Nos auto-convencemos de que no volveremos a hacerlo, mientras nos llamamos mentalmente cualquier cosa menos "bonito". Como resultado sufrimos y además no aprendemos una nueva forma de resolver la situación con lo que el estado se enquista.

En mi opinión por carecer de la franqueza como padres y madres de decir a nuestros hijos e hijas: "estoy fallando y necesito aprender otro modo de hacerlo".

Teresa García.

Psicóloga clínica.

 

 
El famoso pañal, PDF Imprimir Correo electrónico

No significa: "no". Esa es la frase que se repite a menudo cuando hablamos de violación, queriendo decir que cuando se vulnera un "no" se está generando un dolor, un trauma o cómo quieran llamarlo.

En mi consulta en más de una ocasión he atendido mujeres con síntomas de haber sido violadas, pero al preguntarles no hablan de una agresión sexual como tal. Entonces pregunto cuando comenzaron los síntomas: "miedo a que me toque", "rechazo a los hombres", "horas bajo la ducha con agua caliente", "sensación de estar sucia", etc. Y encuentro que sucedió después de un parto en un hospital, donde varias personas le hicieron tactos vaginales aunque ella no quería. A veces han tenido la fuerza para decir no, y otras veces no la han tenido.. Su cuerpo y su mente han registrado una violación, y los relatos que yo tengo son privados, pero algunos los puedes leer en la web de "El parto es nuestro" por ejemplo.

Los y las profesionales sanitarios justifican su actuación con el hecho de una necesidad de aprender de todo el personal, y para ello se sacrifica la necesidad de intimidad de la mujer que está de parto. ¿Existen otros modos para aprender? posiblemente si, sólo que suele primar el dinero a la salud mental de la mujer, a la que normalmente no se cree cuando habla de que se siente violada. No sólo se ha sentido violada, valga la redundancia, sino que además va a soportar que la mayoría de las personas con las que hable, le digan que tampoco es para tanto. A veces incluso profesionales de la salud.

De igual forma cuando un bebé dice que no quiere que le quites el pañal está protegiendo de alguna forma una parte de su cuerpo. Cuando le obligamos a cambiar el pañal, estamos tocando su zona íntima sin su consentimiento, ¿tenemos algún modo de estar seguros y seguras que no se sentirán igual que la mujer que he explicado antes. De igual forma encontraremos justificaciones para hacerlo: "se le pone el culito rojo, huele mal, etc" que no es más que primar una necesidad sobre otra. Le ponemos el pañal por nuestra comodidad, no por la suya, y además decidimos por él cuándo y cómo quitarlo, sin importar si nos dice si o nos dice no. Es higiene y es su salud, sólo que yo me pregunto: ¿La física? ¿la mental? ¿la emocional? ¿la de los padres/cuidadores que ya estan cansados de esperar o preocuparse por su piel?

Supongo que si han llegado leyendo hasta aquí estarán preguntándose si mi propuesta es dejarles con el pañal eternamente. Por supuesto que no. Mi propuesta es para los adultos y adultas, confiar en el niño-niña, que también se sentirán incomodos con el pañal mojado o algo más. Hacer preguntas de curiosidad: ¿no te molesta? ¿Estas cómodo, cómoda? ¿te apetece sentirte seco-seca? ¿Como sientes tu culito? etc.

Puede suceder que esto pase en la guardería/escuela infantil, y el niño no quiera cambiarse, con la consiguiente incomodidad, tanto para el niño-niña como para los demás (si hay olor). Hay niños que no se sienten seguros si alguien que no sea su padre o madre va a quitar su pañal. En esos caso yo no puedo descartar que se grabe que alguien ha tocado su zona íntima sin su consentimiento, y por lo tanto no recomiendo obligar. No lo recomiendo incluso para los padres, mucho menos para un cuidador/cuidadora.

 

Teresa García.

Psicologa clínica.

 

 
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